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historia Slowly
A.I. Diagiamini
A.I. Diagiamini | 🇨🇱 Chile
Selección del editor

La primera vez que descargué Slowly fue hace más de un año, cuando estaba destacada en la App Store. Aunque encontré su premisa interesante entonces, la dejé de lado por estar ocupado con otros proyectos en mi trabajo y vida diaria.

No fue hasta agosto de este año, cuando estaba con una severa depresión debido a asuntos familiares, que decidí saltar desde 10 mil pies sin paracaídas y crear un perfil a petición de una psicóloga que estaba viendo. Admito que no sabía qué esperar al principio porque siempre he sido una persona complicada de tratar: o la gente me ignora como si fuera un mueble o se asusta por mi temperamento explosivo y mi hábito de no endulzar las cosas – estos últimos son pecados mortales en una sociedad hipersensible y cínica como la nuestra. La primera persona que me contactó era de Filipinas. Luego empezaron a llegarme cartas de Lituania, India, Vietnam, Turquía, etc. La mayoría de esos usuarios, cuando no todos, desaparecieron con el tiempo, haciéndome pensar que todo el esfuerzo puesto en mis cartas no sirvió de nada. Como soy una persona que cree tanto en la reciprocidad como en los resultados, tiendo a frustrarme con facilidad cuando mi contraparte abandona o no le interesa lo suficiente mantener en movimiento la pelota. No se puede bailar el tango solo, después de todo.

Pero algunos me recibieron con los brazos abiertos y dieron una oportunidad, algo que la mayoría de la gente del mundo real no tuvo la amabilidad de entregarme. Vienen de todas las clases sociales, de un sinfín de lugares como los Estados Unidos, Colombia, Singapur, Indonesia, Sudáfrica y Taiwán. Empezamos a hablar de todo lo imaginable: nuestros países, nuestras costumbres, nuestra jerga, los viajes que hemos hecho o planeamos hacer, e incluso lo que amamos y detestamos. La mayoría se sorprendió de que Chile fuera un crisol tan variado y contradictorio, desde sus diez climas diferentes de norte a sur hasta su variada gastronomía y su posición relativa a otros países. ¿Alguna vez han oído hablar del llamado “Principio Tricontinental”? Pues sí, nosotros lo inventamos. No exageraría al punto de decir “el sol nunca se pone en Chile”, pero nos acercamos a ello de nuestra propia y especial forma. Otro gran estímulo fue saber que me aceptaron a pesar de tener Síndrome de Asperger, una cruz que tendré que cargar mientras viva y que insiste en sabotear mis esfuerzos por comunicarme normalmente con los demás.

Así como hice del envío de cartas a través de Slowly una parte fundamental de mi rutina, también aprendí a escuchar a mis amigos por correspondencia. Compartimos problemas, dudas y frustraciones con un mundo que va demasiado rápido, que no piensa antes de dar un paso, que ha hecho del fanatismo una prioridad sobre la comprensión de que podemos ser diferentes, complicados y no merecemos ser cancelados por nuestras opiniones. Vi que varias de sus historias eran similares a las mías, lo que me permitió hacer frente a mis propias frustraciones más eficientemente. Confiar en los demás es terriblemente difícil cuando has atravesado un campo minado la mayor parte de tu vida, cuando has sido víctima del matonaje y la envidia. Sin embargo, estas maravillosas personas al otro lado de la pantalla de un teléfono o computadora me lanzaron una cuerda que me permitió escapar de las fauces de la desesperación.

Intercambiar cartas con mis amigos por correspondencia no solo tiene un efecto terapéutico en mi alma atormentada y siempre tensa. También me ha permitido compartir con ellos mi mayor pasión: escribir prosa. Soy novelista amateur y publiqué mi ópera prima el año pasado con el mismo apodo que uso en Slowly. Sus reacciones al conocer esa faceta de mi vida fueron extremadamente alentadoras y compartí gustoso con ellos los detalles de mi proceso creativo. El servicio también me ha ayudado a mantener mis habilidades a punto cuando no trabajo en planes de novelas o cuentos cortos, algo que también aprecio. El único infeliz con todo esto es mi teclado, que ha estado agitando la bandera blanca durante los últimos tres meses porque golpeo sus teclas como si estuviera tocando el piano.

Sé que he escrito demasiado y probablemente estoy matándote de aburrimiento, así que cerraré mi historia con una última reflexión: “Slowly puede salvarte la vida”. ¿Y sabes qué? Ese podría ser un excelente título para un futuro libro.

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